Nota del administrador:
Con fecha de 15 de mayo de 1968 y con un precio facial de 30 pesetas sale a la venta en un impresionante esfuerzo de colaboración entre Salvat S.A. de Ediciones y el Istituto Geografico De Agostini, el primer fascículo de una grandísima y excelente obra: «Enciclopedia Salvat de las Ciencias«. En la contraportada de este primer número se mencionaba: «Una auténtica obra de alta divulgación científica«.
Se estructuró en 20 volúmenes de tamaño 20 x 30 cm, agrupados en grandes secciones (Ciencias Naturales, Ciencias Técnicas y Ciencias Biológicas) y se decía textualmente «en las cuales se dan un estudio sistemático de las Ciencias e Índices alfabéticos completos al final de cada tema«; esos 20 volúmenes se formaban con 280 fascículos -28 páginas cada uno de contenido- y que tenían una aparición semanal (Fig. 1). Sus 20.000 ilustraciones a todo color -con las actuales posibilidades del tratamiento digital- tienen una espectacular y relevante importancia en materia docente -universitaria y no universitaria-, si somos capaces de aplicar una mínimas dosis de creatividad; serían capaces nuestros lectores de adivinar, por mencionar un ejemplo, lo que representan las imágenes de esas 280 portadas, pues reflexionen sobre los variopintos juegos académicos que podrían materializarse con todo lo que aportan sus 20 volúmenes
Por primera vez, vamos a poder viajar por todas las ilustraciones de esas 280 portadas y vamos también a recordar algunos datos de lo que ha sido, sin ninguna duda, una impresionante obra de ayuda para muchas personas. Las portadas estarán agrupadas en bloques de 14 imágenes que se corresponden con el número de fascículos que integran cada uno de los 20 volúmenes y esta distribución nos va a permitir hacerlo por separado en entradas independientes y al mismo tiempo que sea posible añadir algunas observaciones y aportaciones propias.
En un contexto actual donde parece que todo lo escrito y con cierta antigüedad -por aquello de que ocupa sitio y pesa en los muebles y estanterías y ya no aporta ningún valor, pues tenemos todo en la RED- solo tiene un final o bien la planta incineradora o el molino de una planta trituradora de papel y cartón, pues a lo mejor es el momento adecuado de decirle a muchos que van de «listos, enterados, modernistas y progresistas» que los recursos disponibles son un bien común y de paso recordarles como Líder nacional en esta temática medioambiental, aquello de que sí la Economía Circular no se aplica con racionalidad y lógica ambiental a la «cultura escrita« que se destruye por la vía del contenedor azul de papel y cartón, lo que se traduce en la realidad en una utilización alegre de los recursos ajenos, pues es lo mismo que «disparar (o tirar) con pólvora del Rey«. Si como ya he mencionado en numerosas ocasiones, seguimos mezclando «cultura escrita» y «cartones de huevos» a los efectos de quiénes gestionan la industria del reciclaje y no hacemos absolutamente nada por romper esta debacle ambiental, pues más pronto que tarde tendremos una nueva preocupación internacional con múltiples preguntas a considerar:
¿Que hacer con las bibliotecas? ¿Para que sirven? ¿Para que sirven los libros? ¿Para que publicar? ¿Tiene sentido comprar libros si luego se han de tirar o quemar? ¿Qué pueden hacer los ciudadanos con sus bibliotecas -cuando la respuesta de muchas Entidades ante una consulta de donación es «si me donas esto, me creas un problema administrativo«? ¿Y de las colecciones de revistas, ni hablo, a tenor de donde terminan y de lo que se hace con ellas?.
Falta desde luego mucha creatividad y grandes dosis de innovación y de ingenio en este mundo para que las cosas puedan desarrollarse de otra forma, pero resulta tremendamente duro inculcar ciertos cambios en la mentalidad y pensamiento no de algunos, sino de bastantes, pero tengamos la confianza de que no todo esté perdido en este panorama mundial de «destruir poco a poco todo lo que se ha ido escribiendo en formato papel a lo largo de estos siglos«.
Cada día compruebo como en la conciencia de muchos ciudadanos va calando hondo esa frase de «me da pena tener que tirar esto a un contenedor, pero es que no tengo otra alternativa» y eso de lo que van a deshacerse -a veces de manera forzosa- podría generar grandes delicias en otros u ocupar un vacío documental en el fondo bibliográfico de una biblioteca, si este tipo de instituciones tuvieran mundialmente el realce y la consideración de trato, estructura y personal que merecen, pero esta visión no la percibo en la actualidad y más bien que centros de vida cultural que debieran gozar de la máxima protección y respaldo generalizado, pues en ocasiones son edificios de almacenaje, donde de vez en cuando hay que vaciar –expurgar-, pero siempre fruto del mismo problema: «no tenemos sitio, no tenemos personal, la gente no consulta o no lee, etc.».